EVITABLE Y NECESARIO
Hay palabras feas y guapas. Para mí la que se lleva el premio en mi ranking personal de palabras feas y malsonantes es la palabra aborto que digo yo que por eso se suele sustituir por lo de “interrupción voluntaria del embarazo” que es mucho más largo y parece que no refleje la dureza y fealdad que el término aborto exhibe sin pudor.
Es fea la palabreja, feo lo que representa, fea la utilización que se está haciendo de ella.
Para empezar una obviedad olvidada : no hay partidarios del aborto. A mi me parece que en principio no debe haber nadie que sea fan de esta intervención. Nadie que se pare a pensarlo puede considerar que para una mujer abortar sea una experiencia agradable, por la que se opta con júbilo y alegría. Es indudable que esta es una decisión de las más duras y traumatizantes que una mujer puede tener que afrontar. Y ninguna en su sano juicio se sentirá satisfecha al optar por esta alternativa que debe doler en el alma y dejar una honda cicatriz que tardará en curar.
Por eso lo deseable que es nunca fuera necesario planteársela. Que las mujeres no tuvieran que verse nunca en la terrible disyuntiva de elegir entre llevar adelante un embarazo y traer un hijo o hija al mundo, o interrumpirlo porque hay circunstancias ineludibles que impiden llevarlo a término.
Porque hoy las mujeres ya no tenemos como único objetivo vital traer hijos al mundo, todos los que lleguen, por las buenas o por las malas, queriendo o sin querer. Estamos por la maternidad responsable que lo primero que implica es la voluntariedad a la hora de engendrar a otra persona de la que te haces responsable desde el principio hasta el fin de tus días. Estamos por la libertad para decidir, para definir nuestras prioridades, para elegir el cuando, cómo y con quien.
Por eso ojalá el acuerdo fuera intensificar la educación sexual (SEXO con SESO decía la Cruz Roja en su campaña de este verano) de forma que la planificación familiar y las técnicas de contracepción fueran asignatura obligatoria en la que todos estuviéramos doctorados. Ojalá los preservativos colgaran de los árboles, junto con instrucciones para su uso, para que el sexo siempre se practicara con responsabilidad y sin secuelas indeseadas. Ojalá se asumiera y se actuara en consecuencia con el dato que proclama que el 15 % de las chicas de 15 años tienen relaciones coitales y por eso, siendo tan jóvenes y tan ignorantes, dan lugar a que el número de abortos en menores de 18 años se haya multiplicado por tres desde 1990.Ojalá se generalizara el uso de la píldora del día de después a la que se tiene acceso más o menos fácilmente según la comunidad en que vivas.
Pero si todo falla, si la ignorancia, el despiste o la imprevisión triunfan y un predictor se tiñe de azul, lo que no se puede hacer de ninguna manera es obligar a la mujer o la niña en cuestión a que traiga un niño al mundo por obligación. Sin estar preparada, sin tener medios, sin voluntad de serlo no se puede encomendar a nadie la tarea de ser madre.
. No es más que eso, una cuestión de derechos, de derecho a la salud sexual y reproductiva. Un derecho que se ejerce en España desde 1985 y del que, seguro que muy a su pesar, han hecho uso 9000 mujeres al año sólo en la Comunidad Valenciana, lo que demuestra su necesidad. Un derecho cuya regulación, como se ha demostrado, es insuficiente, por lo que debe ser mejorado para garantizar el respeto a la libre decisión de las mujeres acabando con las ambigüedades actuales y fijando los plazos en los que es posible interrumpir el embarazo.
El aborto es como tantas otras cosas en la vida, un mal necesario y evitable. Evitable con educación, con valentía para afrontar la realidad tal cual es. Necesario porque permite a las mujeres ser dueñas de su cuerpo y de su futuro decidiendo cual es el momento y las circunstancias necesarias para plantearse el reto de la maternidad. Lo que nunca ha tenido ni tendrá será carácter obligatorio o forzoso, por lo cada mujer está en su derecho de elegir la opción que se concilie mejor con sus planteamientos ideológicos o religiosos, sin imponerse a nadie.
Porque eso es por esencia un derecho: algo que a nadie se le puede imponer, pero que a ninguna se le puede negar.

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