EL CONVENIO COLECTIVO DE LAS ABUELAS
Habría que dar un buen coscorrón a quien sea el encargado de negociar el convenio colectivo de las abuelas (sin olvidar al subsector abuelos, que también se lo curran) Sobre todo porque debe ser alguien tan olvidadizo que para empezar no se acuerda de negociar el dichoso convenio por lo que, a veces, se consienten unas condiciones de trabajo que son de total explotación aunque nunca acabe en conflicto colectivo.
Porque lo que ellas hacen porque así se lo pedimos -no hay que engañarse- es que trabajen para nosotros, cubriendo necesidades que la sociedad descuida y que de alguna manera hay que resolver. Por lo menos mientras que no se pueda dejar a los menores de edad en la nevera o llevarlos cargados a la espalda, mientras uno cumple con su jornada laboral.
Para empezar no suelen tener horario pactado. En ocasiones, trabajan a destajo, cuando hace falta, a demanda. Se las llama y se las encuentra, cuando la canguro oficial se escaquea, la escoleta cierra o aparecen unas décimas de fiebre. En otros casos, por el contrario, se las necesita todos y cada uno de los días, para traer y llevar, dar meriendas o biberones, repartir mimos y carantoñas. Lo que haga falta. Sus servicios son requeridos cuando son necesarios y ellas deben estar dispuestos y preparados para hacerse cargo de esos nietos tan encantadores y retozones siempre, pero tan pelmazos y agotadores a veces.
De vacaciones veraniegas no han oído hablar en muchos casos. Porque suelen hacer más falta que nunca cuando las escuelas, cierran durante dos largos meses porque a nadie se le ha ocurrido dar utilidad a estas instalaciones. Es entonces cuando los padres y madres necesitan desesperadamente quien atienda a sus retoños mientras que la conciliación personal y laboral siga siendo un término que utiliza con habilidad parte de la clase política para vender humo absteniéndose cuidadosamente de garantizarla con medidas efectivas.
Lo malo no es que no coticen para unos derechos pasivos que, ironías de la vida, debiera ser precisamente ahora cuando deberían estar disfrutando. Lo grave no es que ni siquiera cobren por un trabajo que por otra parte no tendría precio, porque no hay dinero en el mundo para recompensar su inacabable energía y su absoluta dedicación. Lo peor es que ellas son las mismas abuelas y abuelos que más adelante, de un día para otro y muy a su pesar, se convierten en “personas dependientes”, en cifras vacías e inhumanas, en un problema social de enorme envergadura que desde luego merece una digna solución ajena a roñosas mezquindades políticas. Empezando por no olvidar nunca quienes son y quienes fueron.

Meneame
del.icio.us
Casi no tengo tiempo para escribir, pero no renuncio a leer. Y he leido un artículo de Daniel Innerarity en El País llamado "Ideas para la izquierda" que expresa y amplia con soberbio dominio algunas ideas sobre este tema. Un tema doloroso y peliagudo sobre el que además he mantenido recientemente una amigable discusión con alguna descreída y desencantada amiga, a la que intentaré convencer tomando prestados las palabras de este señor. Dice entre otras cosas: 