El pecado de no votar

Están a punto de pasar las elecciones lo que sin duda será motivo de alivio para quienes ya están hasta el moño de tanta palabrería, tanto candidato encorbatado y tanto mítin multicolor donde un puñado de iluminados mueve la banderita a dos manos, como si la vida les fuera en ello.
Son los del gremio que cuando habla de los políticos y la política repite sin cesar aquello de “todos son iguales”, poniendo cara de intenso asco y desprecio porque no los iguala precisamente en calidad humana y deseo de servir al prójimo sino más bien por todo lo contrario. Es de esperar que ninguno de los que así habla pertenezca al gremio de los taxistas ya se sabe que todos ellos charlatanes insufribles, al de camareros, antipáticos sin excepción, al de obreros , bajitos y ceporros todos ellos, al de maestros , cuentistas y perezosos, periodistas, siempre mentirosos ,peluqueras chismosas, enfermeras antipáticas…en fin, ya se ve la gran justicia que encierran las generalizaciones a lo bestia.
Existen también los que al ser preguntados responden con aquello de “yo no entiendo de política” y justifican con ello su falta de interés y posicionamiento. Como si todos los que opinan de fútbol fueran expertos ganadores de varios títulos internacionales, o todos los que crían hijos se hubieran doctorado en psicopedagogía evolutiva. Y allí están pontificando del árbitro, con su caña y sus almendritas o repartiendo capones a la prole para sacarlos adelante.
Están también los que asumen que ellos entienden de política como cualquiera, pero argumentan que no les interesa, que no les afecta, incluso que como no les gusta lo que ven se permiten el lujo de darle la espalda. “A mi la política no me interesa” repiten en plan interesante, para dar testimonio de que sus preocupaciones son de índole superior y ajena a algo tan terrenal como la política.
En fin todos los descritos son los causantes de una tendencia enormemente perjudicial para un país donde la democracia tardó en llegar y costó mucha sangre y demasiadas lágrimas. Una corriente de opinión que como los famosos monos, no quiere ni ver , ni oir, ni hablar, es decir, que permite que los demás decidan por ellos. En última instancia todos los que así hablan son los que cometen el gran pecado de no votar creyendo que así son más libres, cuando lo que así consiguen es ofrecerse atados de pies y manos a quienes decidirán por ello.
Las mujeres deberíamos tenerlo muy claro. No tenemos más que hacer un ejercicio de memoria y recordar los años en que en este país las urnas se llenaban de telarañas y las decisiones se tomaban a golpe de fusil y aún antes revivir los tiempos en que las mujeres veían desfilar a padres, hermanos, maridos y hasta hijos hacia el colegio electoral, mientras que ellas, ciudadanía de saldo, representantes de la ignorancia y la sumisión, les preparaban la cena, a la misma altura y con iguales derechos que el perro atado en la puerta o el canario en la ventana. Esa es la razón por la que votar es algo tan necesario como el respirar o el comer, ambas funciones vitales que si no se realizan matan el cuerpo, como el no votar mata la democracia y engrandece sólo a los tramposos y aprovechados.
He dicho que para mí no votar es un pecado, y lo repito. Ya saben porqué.

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