50 años
Los 50años para los hombres son psicológicamente duros sobre todo si se acompañan de alopecia y engrosamiento del anillo abdominal. Pero para las mujeres este cumpleaños puede ser una auténtica tragedia existencial.
Para palabro feo, la de cincuentona que rima con jamona y parece describir a un ser acabado y arrugado, fláccido y decaído, carne de depresión, previsible víctima de charlatanes y farsantes prestos a estafarla con falsas promesas de juventud, donde recuperar hermosas piernas sin varices y talla 100 de sujetador.
Pero aquí como en otros campos las señoras, porque ya no nos llaman señoritas mas que los miopes, hemos planteado batalla y casi la tenemos ganada. A los 50 años las mujeres han perdido muchas cosas en el camino, pero han superado muchas pruebas, cubierto muchas etapas, adquirido muchas sabidurías y alcanzado un status íntimo y personal en el que se sienten reconciliadas consigo mismas.
A los 50, las mujeres que han acabado la época de la crianza de los menores, aunque siguen empeñadas en el cuidado de los mayores, saben vivir días de 40 horas. Muchas horas y no sólo para trabajar, para cuidar, sino también para disfrutar, para sentirse vivas y resplandecientes. A los 50 sabemos lo que queremos y lo que no estamos dispuestas a tolerar. Sabemos negociar para salir triunfantes, convencer para no herir ni ser heridas, rechazar sin miedo a estar perdiéndonos nada verdaderamente importante. A los 50 sabemos quienes somos, y nos importa una mierda lo que diga la humanidad en general, porque ya sabemos a quien necesitamos de verdad.
A los 50 dejamos de escondernos y saltamos a la arena y desempeñamos cargos de responsabilidad, haciéndolo más o menos bien, pero sin complejos. A los 50 nos empeñamos en aprender lo que no queremos seguir ignorando y nos matriculamos en la EPA, en la Universidad, en las clases de bolillos o en las de pintura.
En fin a los 50 somos más humanas que nunca, pero también somos divinas al recuperar el sentido del humor que nos permite reirnos de cualquiera que se lo merezca y ponerlo en su lugar. Divinas para siempre al vencer ese sentimiento trágico de la vida con el que nos amamantaron y que nos condenaba al sufrimiento y la heroicidad.
Soplamos las velas y al mismo tiempo abrimos el libro de reclamaciones para dejar constancia de que se ha acabado el tiempo de la resignación.
Y no nos olvidamos de avisar a las tiernas jovencitas destinadas a comerse el mundo o a las amas de casa treinteañeras que ya se lo comieron y están en plena digestión, de que les queda un largo camino por recorrer que les llevará, si tienen suerte, a donde hoy hemos llegado nosotras.

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