AMOR DE MADRE
Si hay una celebración social que resulta
especialmente irritante es ésta que se nos viene encima del Día de la Madre. Porque es difícil evitar el agobio ante la presión social, casi similar en cuanto a intensidad desmesurada, a la que se produce cuando se acercan las Felices Navidades.
Sobre todo porque el maldito Día de la Madre ha sido desde siempre una celebración comercial que da lugar a potentescampañas de prensa que tanto merecen premios por su imaginación como castigo por su cursilería. Una fecha impuesta en el calendario cuya principal utilidad consiste en aumentar los beneficios de las grandes cadenas a base de hipócritas e insistentes llamamientos para que todos los que son hijos de sus madres y cuentan con el privilegio de poder visitarlas, se rasquen el bolsillo para ofrecerles un presente que simbolice el amor que le profesan.
Es una cuestión de respeto y de dignidad. De que los sentimientos y las manifestaciones de éstos no se imponen por calendario, ni se cuantifican en euros.De que no todas las madres son iguales, ni han ejercido de igual forma su maternidad, ni esperan de ésta las mismas conclusiones. De que no todos los hijos e hijas expresan su amor con regalos, porque no quieren o porque no pueden, ni todas las madres encuentran la satisfacción íntima y personal a la que aspiran en el precio pagado.
Se trata sobre todo de que las madres son ante todo personas, más en concreto, mujeres cuya vida se entretejió en un momento dado con la de otros seres humanos a los que trajeron el mundo e intentaron sacar adelante según su saber y entender. Formando así una espesa y compleja red que sin embargo con el tiempo debe simplificarse para no asfixiar a ninguna de las partes que la conforman, sin que eso conlleve distancias insalvables.
El mito de la maternidad como obligatoria elección vital de las mujeres, el estereotipo de madre perfecta y total, que no es, ni siente, ni piensa otra cosa que vaya más allá del bienestar de su descendencia, es uno de los roles más castradores que las mujeres hemos padecido. Sobre todo porque el sacrificio autoimpuesto y tácitamente inducido puede haber hecho de nosotras peores personas de las que podríamos haber sido: más idiotas y cortas de miras, más egoístas y exigentes de contraprestación, más esencialmente infelices, generando así sentimientos, desde los que es difícil transmitir a quienes tanto queremos la alegría de vivir una vida plena y satisfactoria.

Meneame
del.icio.us