LA SEGUNDA OPORTUNIDAD
Nos quejamos, y con razón, de que la vida no da generalmente segundas oportunidades ni perdona errores y equivocaciones Ojalá lo hiciera con quienes se arrepienten de no haberse puesto el cinturón que les hubiera protegido porque les apretaba la barriga, o a quienes dejaron de fumar demasiado tarde y ahora temen la peor noticia, o a los que no llamaron a aquella persona y ahora no pueden olvidarla.
Sin embargo sí que hay segunda oportunidad para quienes tuvieron una noche loca de la que recuerdan el comienzo pero no el final, para los que tuvieron un momento de duda , un olvido rutinario, cuyas consecuencias no quieren pagar o simplemente para los que usaron preservativos caducados o de mala calidad que se les rompieron en el peor de los momentos.
La píldora del día después que la recien llegada Ministra de Sanidad ha puesto a disposición de todas las mujeres que tengan los 20 euros para pagarla en cualquier farmacia del país, no es ni más ni menos que una segunda oportunidad que evitará sin duda muchos abortos. Como los de las 6000 jovencitas, menores de edad, que practicando sexo con sana alegría y deplorable estupidez pasaron durante el 2007 por esta tristísima experiencia, en absoluto recomendable.
Vaya por delante mi olé a Dª Trinidad Jiménez, que nada más llegar al Ministerio ha cogido este toro por los cuernos y le ha cortado las orejas sin darle tiempo a respirar. Porque este era un tema de palpable discriminación que clamaba al cielo, por lo menos al cielo de las mujeres, que pudiendo disponer de una segunda oportunidad, tras un momento de estupidez e imprevisión, se lo encontraban difícil si no imposible, según en el punto de España donde vivieran ya que, según donde y con quien, debían e dar humillantes explicaciones para argumentar sus peticiones.
Chapeau para Dª Trini que conseguirá pasar a la historia por algo más que su chupa de cuero, pero perplejidad ante la reacción de algunas organizaciones y estamentos que han reaccionado como si les metieran una avispa en el pantalón, con una acritud, una agresividad, una irracionalidad que mueve a la perplejidad. Porque ellos, precisamente ellos, que piensan que el aborto puede suponer la extinción de la especie siendo un crimen ético y moral merecedor del castigo eterno, debieran dar botes de alegría ante la existencia de un recurso que impide a llegar a un acto tan depravado e inhumano.
Pero no, y donde debería haber beatífica complacencia se genera una mala leche si cabe más belicosa planteando con absoluta carencia de rigor científico que la sacrílega píldora es, astutamente disfrazada, otro método abortivo más. Lo cual contradice abiertamente cualquier planteamiento científico pero no hace temblar el pulso a algún eminente portavoz, que ejerciendo de endocrinológo aficionado, alerta sobre las temibles repercusiones que el medicamento pueda tener en el equilibrio hormonal de las mujeres, a las que teme que vuelva más majaras de lo habitual.
Lo único que se puede pensar tras estas muestras de cerrilidad, es que esta peña cree firmemente aquello de que quien tuvo el gusto debe tener el disgusto aunque eso implique no remediar la herida sino esperar, en nombre de la moral y la ética, que la paciente se desangre hasta morir.
Aún con todo, lo bien cierto es, y así se ha planteado, que la pildorita ha de ser utilizada con sensatez y sentido común, que ya se sabe que es el menos común de los sentidos. Y por ello, es necesario, como se hace en la ley articular un buen plan de sensibilización, educación e información que erradique la ignorancia que motiva buena parte de las decisiones equivocadas.
Ni es un método abortivo, ni es un recurso anticonceptivo de uso frecuente e indiscriminado. Por eso, la extensión de su autorización se inscribe en una estrategia global que pretende hacer saber a las mujeres que son dueñas de su cuerpo y por ello, son ellas las responsables de tratarlo bien.
En España se consumieron durante el último año 500.000 píldoras del día de después evitando muchos embarazos indeseados y muchos abortos indeseables.
Por eso es mejor, en lugar de esconder la cabeza al estilo avestruz , reaccionar con astucia como ese animal tan querido por algunos, los linces, tomando las medidas necesarias para que de una noche loca, de un momentazo lírico o de un estúpido accidente no se deriven consecuencias que hipotequen toda una vida.

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