SAN OBAMA
San Obama está dejando de serlo a pasos agigantados, como podía prever cualquiera que ya no crea en la existencia de los santos y las vírgenes. Quizás no porque esté haciéndolo mal, sino sólo porque no ha cubierto las expectativas de quienes creían que su entrada en la Casa Blanca, por sí misma, sería la solución a los graves y múltiples problemas que debía enfrentar.
Así que ahí está el Presidente más resultón de los últimos años intentando poner orden donde reina el caos para lo que tiene que afrontar, entre otros, temas enormemente espinosos en materia económica o sanitaria. No es de extrañar pues, que su popularidad, ese enamoramiento colectivo y planetario que despertó su victoria, haya disminuido, manteniéndose seis meses después en un respetable 60 % según encuesta del Washington Post.
De cualquier forma, sigue transmitiendo mensajes que me parecen acertados y valientes. Como el que envió a sus compatriotas negros agrupados en una potente organización de enorme influencia y que siempre ha utilizado la estrategia del chantaje victimista como método de presión ( la NAACP). Vino a decirles que ni su pasado de esclavitud ni su presente de discriminación justifica que ellos, los propios negros, se acomoden en su papel de víctimas y dejen de poner los medios necesarios, el valor y la energía suficiente para superar los obstáculos que les roban el futuro y les machacan en el presente.
Extrapolando el mensaje, guardando las distancias y con todas las reservas y prudencias que el tema merece, se me ocurre que las mujeres también deberíamos ser lo suficientemente sabias para aprender de los errores ajenos y no repetirlos. Y esto sólo significa dos cosas evidentes: que nadie hará por nosotras lo que nosotras no seamos capaces de hacer y que trabajar en positivo es mucho más rentable que alimentar complejos y rencores.
Eso implica utilizar la estrategia del orgullo y no de la vergüenza, de la autoconfianza y no de la compasión. Y no se trata de soberbia o bravuconería, sino sólo de encontrar el punto de la dignidad, que a fin de cuentas es el más convincente.

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